Vivimos en un mundo donde la inmediatez se ha convertido casi en una obligación. Respondemos en minutos, queremos soluciones inmediatas y cualquier espera empieza a parecernos demasiado larga.

Pero hay una paradoja: podemos ser extraordinariamente rápidos y, aun así, no ser percibidos como tales.

El cliente ve cuánto tiempo ha esperado. Lo que normalmente no ve es todo lo que ha ocurrido detrás para conseguir esa respuesta: decisiones, coordinación, reorganización, recursos o esfuerzos que han permitido reducir significativamente un plazo.

Y es lógico. El cliente no tiene por qué conocerlo.

Por eso, quizá ser rápido no consiste únicamente en contar horas o días. La verdadera rapidez está en la capacidad de reaccionar, encontrar soluciones y eliminar todo el tiempo que realmente se puede eliminar.

Porque, a veces, lo que desde fuera parece simplemente un plazo, por dentro ha sido una carrera contrarreloj.

Quizá, por eso, la verdadera rapidez no siempre consiste en llegar antes, sino en entender todo lo que ha tenido que ocurrir para llegar cuando se llegó.

PORQUE EL TIEMPO SE MIDE EN HORAS Y DÍAS. EL ESFUERZO NECESARIO PARA GANARLO, NO